Lamentablemente, dados los sucesos ocurridos en las últimas semanas, no me queda más remedio que comenzar este tan ansiado blog haciendo referencia al tema de las bengalas.
Cuando hablamos de algo que concierne tanto al fútbol como al rock, o a la música en general, hablamos de alegría, de fiesta, de amistad, de comunión. Pero ¿qué precio tenemos que pagar para ello? o ¿cuántas vidas más se tienen que apagar para darnos cuenta de que lo que para algunos es sinónimo de fiesta, para otros es sinónimo de muerte?.
No bastó con las 194 víctimas que dejó el 30 de diciembre de 2004 en el recital de Callejeros, en República Cromañón. Y como si fuera poco, tampoco bastó la muerte de Miguel Ramírez por la bengala que impactó en su cuello en el recital que dio La Renga en el Autódromo Roberto Mouras, de La Plata. Ya que apenas horas después de su fallecimiento, sí “horas”, la gente de Vélez Sarsfield (como podría haber sido cualquier otra hinchada), inundó la tribuna con el fuego y el humo de las pirotecnias, poniendo en riesgo la vida de los allí presentes. Por suerte no pasó a mayores y este hecho derivó en que el Comité de Seguridad le suspendiera el estadio al club de Liniers.
Entonces surge la pregunta obvia, ¿qué tiene que pasar para que recapacitemos? Y lo digo como sociedad, ya que estas líneas no tratan de demonizar ni de buscar en aquél que prendió la bengala la culpabilidad total de nuestras desgracias. Sería hipócrita de mi parte ponerme a señalar con el dedo a Iván Fontán (el acusado de lanzar la bengala), cuando miles de veces pensé y aseguré que en, estadios abiertos, no generaban ningún peligro, y me excusaba con lo “lindo” y “pintoresco” que quedaban aquellas bolas de fuego en las tribunas. Obviamente estaba enormemente equivocado.
Entonces surge la pregunta obvia, ¿qué tiene que pasar para que recapacitemos? Y lo digo como sociedad, ya que estas líneas no tratan de demonizar ni de buscar en aquél que prendió la bengala la culpabilidad total de nuestras desgracias. Sería hipócrita de mi parte ponerme a señalar con el dedo a Iván Fontán (el acusado de lanzar la bengala), cuando miles de veces pensé y aseguré que en, estadios abiertos, no generaban ningún peligro, y me excusaba con lo “lindo” y “pintoresco” que quedaban aquellas bolas de fuego en las tribunas. Obviamente estaba enormemente equivocado.
Luego de estos hechos nuestros conocimientos en el tema son mayores, y por lo tanto, nuestra responsabilidad es otra. A raíz de lo sucedido (espero) ya tenemos más conciencia y a partir de allí, el grado de culpabilidad al prender una bengala o cualquier fuego artificial es otra, ya sabemos que estamos ante un arma.
A partir de ahora, se abre una nueva oportunidad (que no tuvieron los pibes de Cromañón ni Miguel Ramírez, lamentablemente), de que de una vez por todas, aunque sea tarde para los recién mencionados, seamos más concientes, seamos más responsables, y de que a la hora de concurrir a un recital o a un partido de fútbol, sepamos que la “fiesta” no es tal si no es para todos, y que la misma no debe poner en riesgo la vida de nadie, que es lo más preciado y lo que más tenemos que cuidar.

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